jueves, 8 de enero de 2009

La Revilla de Calatañazor

Segunda parte de un viaje "turístico" por Monasterio, La Revilla, La Barbolla y Fuentelaldea

El turista ha salido de Monasterio sin enterarse de donde le viene el nombre, aunque supone que en un sitio que se llama Monasterio ha tenido que haber un monasterio. Eso pensaba antes de llegar hasta allí, y ahora después de ver el paraje donde se asienta y el aire que lo rodea, está todavía más seguro. Los frailes de la Edad Media no se instalaban en cualquier sitio. Los lugares se elegían concienzudamente por su aislamiento y feracidad. Cualquiera que haya visitado El monasterio de Piedra, el de Huerta o el de Armenteira, por decir los tres primeros que se me han ocurrido, sabe que esto era así y no hay más que hablar. Si acaso, le hace dudar un poco la calidad del agua, que puestos a suponer, tambien pudo ser la causa de su mudanza.
Por tres kilómetros de buen camino se llega a La Revilla de Calatañazor, donde el turista ha leido que hay una necrópolis arévaca que estudió Teógenes Ortego, donde se encontraron muchos restos de cerámica, broches y algún puñal. Al entrar a lo que queda de este pueblo la sensación de ligero optimismo que le había dejado el pueblo anterior, se desvanece por completo. Una iglesia gótica en el más triste de los abandonos corona una pequeña loma en una esquina del caserío. Las proporciones del templo son acordes a la que era la aldea más importante de la jurisdicción de Calatañazor, que siendo la villa tenía firme competencia en esta re-villa. En la descripción de la diócesis de Loperraez, Calatañazor tenía 99 vecinos frente a los 86 de La Revilla.

El turista se encuentra de sopetón con un pueblo en ruinas, del que la descomunal iglesia y torre son solo el ejemplo mas descarnado. Solo un par de casas parecen sobrevivir. Supone el turista que en el periodo veraniego habrá alguna actividad, que no sea la de los agricultores que han plantado junto a las desvencijadas viviendas unas no menos descomunales naves pintadas de blanco que hacen más triste y lúgubre el abandono y la desidia.
Artículo completo en El ojo de Soria ( 1 y 2 )

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