miércoles, 25 de marzo de 2009

Viaje al año mil

De 1953 al año 1000 -más exactamente 1002- hay sólo 33 kilómetros. En media hora, sin apresurarse, se salvan 951 años. El punto de partida puede ser un olmo enorme y municipal, donde ejecuta melodías desde su copa una banda de música. Este olmo está en Soria, increible y mínima ciudad, a la que un siglo entero de espléndida literatura -Bécquer, Machado, Gerardo Diego- no ha conseguido sacar del desconocimiento. Tal vez por haberse convertido en objeto literario; después de leer Campos de Castilla parece que no hay ya más que hacer, y sin embargo, los pocos que salen de ese error vuelven como de haber labrado y sembrado una nueva parcela de su espíritu.

Para llegar al año 1000 hay que salir por Golmayo, cruzar la paramera soriana, donde se aprietan las ovejas en las inmensas, huecas soledades que el larguísimo invierno apaga en nieve, pasar por Villaciervos, villa de los pastores de las capas blancas, presentes en los capiteles de San Juan de Duero -junto a un diablo tentador que persuade malignamente a Herodes de perpetrar la atrocidad de los Inocentes; un Herodes perplejo y atribulado, que tira de sus barbas en la cima de la indecisión-, y entrar por un camino tortuoso y empinado que ya empieza a estar fuera del mundo.

Y de pronto, en un recodo, a la izquierda, lo increible: Calatañazor. Piedras grises, adobes, paredes casi tejidas con ramas y pedrezuelas. Las ruinas de un castillo. Arriba, el azul brillante. Calles pinas, sin gentes; curvos balcones de madera tosca; aleros saledizos que no dan sombra a nadie. Vejez, vejez. Hogares con campana cónica, por donde alguna vez sube un humillo tenue. Una plaza con un rollo dramático y un olmo viejísimo, hueco, con su verde penacho de follaje indiferente; y un caserón grisiento, donde dan su latido rojo unos geranios.

¿Dónde está la gente? Este cura párroco, con cabeza de romano y flequillo negro, que anda en invierno horas de nieve, con las recias botas puestas, para llevar la misa a otros tres pueblos, ¿a quién espera? Sin duda a que vuelvan los que están peleando abajo, en el valle, a la sombra del castillo, con las retaguardias de Almanzor, que se repliegan hacia la desolación inaudita y cárdena de Medinaceli.

Pero al llegar a los torreones derruidos, al mirar hacia abajo, al ancho valle preparado para la lucha desde el quinto día de la Creación, se ve que los pocos hombres de Calatañazor no combaten contra las lanzas califales, sino contra las doradas espigas del tardío trio de estas tierras del Duero adolescente; están trillando. Naturalmente, con los trillos del año 1000; con los que al cumplirse el milenio de la Redención eran ya milenarios: la tabla combada hacia arriba, como una proa que navega en el mínimo mar redondo y amarillo de la parva; debajo, los pedernales paleolíticos, tallados a golpe, van cortando pausada, morosamente, la paja y dejando libre el grano. Cuando la parva está lata, el trillo navega por un mar casi tempestuoso; cuando va menguando, el hombre y la mula giran monótamente en el disco amarillo, que reluce al sol, rodeados de cuadrados, rectángulos, trapecios verdes, rojizos, negruzcos: las infinitas parcelas míseras -sembrados, barbechos, rastrojos- de la tierra soriana atomizada.

En el ocaso, el sol. Un globo rojo que se va hinchando y vertiendo su sangre por el horizonte. Ni una sola nube. Llegan, cecanas, cruzando un prodigioso cristal de aire, voces agudas de las figuras lejanísimas. Tan lejanas, que no son nuestras, que no son de nuestros contemporáneos. Dentro de un rato, cuando el sol, que se está ennegreciendo por el borde, se haya escondido; cuando se haga mayor el silencio y triunfe el violeta y las estrellas hagan su algara súbita sobre el pueblo cristiano, subirán a las casas, encenderán el fuego, pedirán noticias del Conde Sancho García, que va a entrar con mesnadas en tierra de moros, y escucharán al viento oscuro, hasta que llegue el sueño y el escenario se traslade de la tierra invisible al cielo altísimo y profundo, que cuenta las horas en el reloj de sus constelaciones, impasible y siempre el mismo, milenio más, milenio menos.

Julian Marías. 1953
JM y Soria

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